sábado, 26 de abril de 2008

¿Todo bien? de Nadia Villafuerte


Mario Alberto Bautista

La escritura de Nadia Villafuerte incomoda. ¿Todo bien? (Dirección de Educación y Cultura del H. Ayuntamiento de Yajalón-Ediciones de el animal-CONECULTA CHIAPAS, 2007), su tercer libro de relatos, no es la excepción.
En relativamente poco tiempo (seis años, atendiendo la fecha de publicación de su primer libro) la escritora se ha hecho una referencia en nuestra bisoña, impresionable y uniforme joven narrativa chiapaneca: apariciones en antologías editadas dentro y fuera del país, becas y espacios en publicaciones culturales tanto locales como nacionales la acreditan como una narradora que, de joven y promisoria, está en trance de alcanzar una cierta madurez expresiva.
¿Por qué “incomoda”, entonces, la escritura de Nadia Villafuerte? ¿Cuáles son sus armas? ¿Basta decir que el cinismo y la violencia —pedestre y explícita esta última en sus casos más desafortunados— son sus más reconocibles caballos (o yeguas, o sirenas, quizá) de batalla? Yo ya no estaría tan seguro.
¿Todo bien? supone, quiero verlo así, una inflexión en la incipiente obra de Villafuerte. El libro inicia con “Botas tejanas”, acaso un doble guiño a las fantasmadas de Wilde y Rulfo. ¿O es acaso simple coincidencia el inicio: “Fui a Juárez porque quería comprarme unas botas vaqueras”? En todo caso, y extendiendo un razonamiento de Antonio Ramos —mismo que junto a Eduardo Rodríguez se encarga de la “Presentación” de este volumen— hecho en otra parte, el relato es atípico, distinto a los que nos tiene acostumbrados Villafuerte. Esta característica, que es apreciable, paradójicamente desvirtúa el libro porque uno se predispone y espera más narraciones de ese tipo.
Ramos calificó de encomiable el inicio de “Botas tejanas”, por lo que se entiende que el resto no le agradó. Yo opino lo contrario: el relato me pareció valioso, insisto, porque a la decoración, por llamarlo así, de Villafuerte —la frontera, la violencia, el personaje femenino que se precia de su inteligencia o cinismo— la escritora añade —oh, Geena Davis, oh, Susan Sarandon— un final inesperado.
Los demás relatos, la mayor parte escritos en primera persona y protagonizados casi todos por personajes femeninos son, en su relativa homogeneidad, desiguales. “Roxy”, “Jugo de naranja” y “Tutú” me parecen escritos de forma apresurada, con trazos poco profundos. Hay incluso alguna similitud, que a su vez indica cierto estancamiento, con textos anteriores: “Roxy” y “Mala reputación”, relato el último de Barcos en Houston (2005), repiten el “motivo” del travesti, aunque no sus circunstancias. También hay una misma atmósfera igual de tristona y llena de fracaso entre “Barcos en Houston” y “Noche tibia y callada de Veracruz”, del segundo y tercer libro de Villafuerte respectivamente.
“Tinta azul”, por otra parte, me parece el relato mejor logrado del libro porque representa el viraje que están tomando los textos de Villafuerte. Los personajes siguen siendo violentos, pero su violencia es más abstracta, más interiorizada: menos burda y más desesperante. Las criaturas de Villafuerte se están volviendo más refinadas a la hora de ser crueles y por eso adquieren relieves más notorios. La Villafuerte que se regodea en la estridencia y el exhibicionismo está cediendo paso, espero y quiero creer, a una narradora más reflexiva y sin embargo igualmente escéptica, como siempre.
“Íbamos de sur a norte / y tan lejos / que parecía que en realidad / no nos movíamos” dice Roberto Bolaño en el epígrafe que Villafuerte escogió para Barcos en Houston —el mismo Bolaño que, por cierto, se percibe en “Cachukas girls” de Barcos…, el mismo Bolaño al que una desconocida y sospechosa Berenice Vázquez “glosa” en un texto de aparición más o menos reciente—: nada más acertado para decir, con palabras de otro, me parece, en qué consiste el sino de la escritura de Nadia Villafuerte: la errancia —ya sea física o espiritual— como condena y salvación, la propia existencia como frontera insalvable entre los demás.
¿Todo bien? me parece, entonces, un libro de transición. Desigual y todo (Barcos en Houston era coherente por su repetición), pero que por eso mismo permite vislumbrar los cambios, estancamientos y “obsesiones” de su autora. Tengo entendido que Villafuerte se está concentrando en narraciones de mucha mayor extensión. Mientras tanto, debido al influjo temporal de este libro, sólo me queda agregar que si alguien me pregunta en los próximos días ¿todo bien?, esa variante impersonal del ¿cómo estás?, yo me veré obligado a responder, con más desconcierto que cinismo: ¿y a ti qué te importa?, y después volveré a sentirme incómodo, muy incómodo, como siempre.

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