sábado, 15 de marzo de 2008

Uno de Coetzee


Servando Becerra


No sé qué decir. No tengo palabras. Tal vez un monosílabo, un…, no sé…, chiste… Pero no es el lugar, no el espacio; pienso, mejor hablaré de un libro que todavía no termino de leer, pero que me tiene atrapado, mezquinamente por cierto. Si algo me importa poco son las lecturas, los autores, los libros, los muchos libros. No son más que ideas de otros, que normalmente ni siquiera hago mías (Schopenhauer asiente con su voluntariosa testa). Coetzee es un escritor al que uno se acerca sin buscar atajos. Sus libros no son narrativas de fingida erudición histórica, ni sesudos vericuetos rococó, ni, qué diré, una escritura que resulte un viaje al furor de la literatura. Ahora bien, ya en materia, habría que decir que el libro Contra la censura (último de ensayos de Coetzee), no es una joya del pensamiento crítico, no; más bien es una especie de gozne. La cesura, ese mal de todos los tiempos, piedra de toque, marco de referencia ético de muchos titerillos de la democracia. Coetzee escribió este libro en una reacción contra el silenciamiento. Acto, por otro lado, muy socorrido por los amos del mundo. Silenciar. La censura “es un fenómeno que pertenece a la vida pública” escribe el autor. Ni qué decir. Léanlo. Presumo lo harán o ya lo hicieron. Disfruten de un tope contra los propios silencios, los siempre presentes silencios. Y si no, no creo que importe mucho, al fin de cuenta siempre callamos.

viernes, 7 de marzo de 2008

Queriendo ser Salamandra


Paola de los Santos

Cuando un hombre como Marino me llevó a su pueblo de costumbres tan ajenas a las mías lo hice porque lo amaba ¿Qué iba yo a saber de sus intenciones locas? De quererme para presumir un himen virgen que él rompería, de que si él no era el primero era yo merecedora a la deshonra.

Había leído poco, pero había vivido lo suficiente como para que unos años antes fuera como La salamandra de Rebolledo, la Elena Rivas de una ciudad como la que me vio crecer. Una mujer con un empleo de oficina que no se acostaba con un hombre por el dinero ni por su posición económica sino simplemente no se acostaba y ya; una Elena Rivas que había dejado de ser una Santa por el hecho de que los tiempos cambian y las condiciones de una mujer también. Sobre todo, si el Pedregal se había convertido en un San Ángel de residentes adinerados y Papantla en una zona turística donde gente como Gaudencio eran indígenas con concepciones norteamericanas de la vida. Si había que verlo hablando de las ideas de O’Gorman sobre lo que realmente fueron los liberales y conservadores. Fue entonces cuando descubrí que una liberal como yo, no debía hacer caso de las ideas tradicionalistas de un país que quiere imitar el modelo norteamericano, y me entregué a los amores de adolescentes que nada importaron para mi vida de ahora.

Pero un día, una mañana como aquella en que me vendieron, conocí a Marino y me dejé embrujar por él; por sus palabras y porque sabía que una Salamandra vivía en el fondo del océano y quise que Marino me llevara allá. Fue entonces cuando me puse a imaginar a los pescadores y cambié mi noche de bodas en un hotel frente al zócalo por una noche romántica frente al mar. Porque presentía que las noches románticas no son en las playas de Cancún o Acapulco: en una discoteca o en un bar de hombres adinerados sino en una playa virgen, sin servicio a la habitación ni aire acondicionado, no en una cama de hotel sino en una hamaca, escuchando el ruido que provoca el agua salada al juntar las olas con el estero.

Pero nada de eso se dio. Después de los brujos esos que decían estar muertos, Marino y sus padres me llevaron a una embarcación pequeña, jurando me llevarían a una purificación eterna y antes del anochecer comenzaría la transformación de mi alma. Y sí, la transformación de mi alma comenzó desde el momento mismo en que me juntaron con otras cuatro chicas menores que yo y negociaron nuestros cuerpos en una cantina barata de la frontera. Como si yo fuera extranjera, una cachuca con el sueño gringo. De nada valió que dijera que era bien mexicana si mis documentos quedaron en la cama donde me pusieron aquel vestido blanco adornado de caracoles, ahí donde me despojaron de mis joyas y pequeños accesorios alegando que ya no los necesitaba.

Hasta que de un momento a otro, terminé siendo la mujer de un hombre con cara de actor de película mexicana de los noventa o de un escritor en busca de aventuras. Porque me preguntó mi nombre: “Camila —le dije—, 20 años y originaria de Papantla. Con ganas de salir de este puto lugar y de una vez por todas terminar de mitificar la Elena de Troya; porque a partir de hoy seré Elena Rivas en busca de Francisco León o de cualquier otro pendejo que se preste al amor de un animal con veneno”.

El hombre arrugó las cejas y antes de preguntar qué pasaba me limité a recostarlo en la cama negruzca con olor a alcohol y cigarros: en una cama de cemento y un colchón de 300 pesos.

Si Marino y su gente me habían vendido para superar la vergüenza de un maldito loco con disfraz de poeta, era entonces el momento de dejar atrás las lecturas que ofrece la SEP de los románticos de tierras latinoamericanas y hacer mía la propuesta de revalorar el mito de “La seducción eterna” de Amado Nervo y olvidarme de una vez por todas que la “vida nada me debe…” y antes de que el hombre bajo mi cuerpo gritara con un “me vengo” me separé de su cuerpo y lo dejé en la imaginación de qué sería coger con una puta latina que decía ser papanteca, para perderme en la imaginación de qué sería picotearle el cuerpo, con un cuchillo de cocina, en un prostíbulo donde sus gritos serían ahogados con el bullicio y luego seducir al dueño para que me dejara ser la salamandra de su bar.


Bitácora del andasolo




[Evocación del Sabinal]


Balam Rodrigo



El río Sabinal se había desbordado hasta mi casa [...]
Este río, casi arroyo, en épocas de lluvia se dejaba venir
con ganado muerto, gallinas, y uno que otro ahogado.


Juan Bañuelos


1.

Los pechos que las mujeres lavan en las aguas del río Sabinal son morenos. El sol les pule las areolas con gotas de oro: Son pezones que aroman la tarde, pulpa de café para el que olvida.

La enagua y la grupa húmeda de las mujeres estremecen al viento y al camino, pero sólo los sabinos ríen:

Aguacero es su cuerpo, zurdo y azulado tiempo de agua en la memoria.



2.

Al final de la tarde las hembras núbiles que han lavado el corazón del día en la boca limpia del Sabinal pueden amar. Parten con bruñidas tinajas en la cabeza y se despiden del cielo agitando su cuerpo innumerable.

El río y su cósmico estropajo de canciones arrulla con amor a las hijas de Coyatokmó.



3.

Los hijos de la Coneja lunar sueñan con el abrazo perpetuo del Sabinal.

A la hora de la muerte recitan la exacta plegaria apenas dicha: Árbol de cristales devore la mi lengua, élitro de lunas destroce los mis párpados, óleo de sabinos unja la mi agalla, álgebra de sales transmute los mis ojos, ósculo de aguas palpite labios en mis mordidos labios...



4.

Las primaveras del Sabinal queman el cielo con sonajas amarillas y el zopilote —dardo negro— clava su luz mortuoria en el oscuro grito del ámbar mientras espera los inertes y ventrudos cuerpos de las bestias ahogadas por las sombras.

Azafrán es el delito de los soles de la primavera que amanecen y amanecen:
Soles para el ciego.



5.

La noche y los albos pezones de la luna rozan el lomo herido del Sabinal. Un aullido de pájaros desata las hordas del insomnio y la bruma se levanta para salmodiar los ecos del ahogado. Un ejército de sabinos arrastra la noche y sacude las estrellas de su lomo.
El Sabinal es el sueño esperado y anunciado por los muertos.



...
Notas: Coyatokmó significa en lengua zoque “lugar o casa de conejos”. Antiguo nombre de Tuxtla Gutiérrez, Chiapas.

Las “primaveras” es el nombre local del Tabebuia donnell-smithii, árbol de flores amarillas que crece a orillas del río Sabinal.


La Musa incómoda




Cuestionario incómodo con...

Jorge Luis Borges


La Musaraña


Debido quizá a una sobreexposición de lecturas de H. G. Wells y Julio Verne, sumadas a las porquerías psicotrópicas que le facilita la Redacción, la Musaraña, nueva colaboradora de este su suplemento de confianza, asegura, jura y perjura que viajó de ida y vuelta en el tiempo para entrevistar, nada más y nada menos, que al Argentino Universal.
Acá las tortas, como diría Joaquín Pardavé:


MUSARAÑA: Don Jorge Luis, gracias por la exclusiva. Dígame, de entrada, por qué es tan arrogante.

JORGE LUIS BORGES: Es una rareza y hasta un honor entablar diálogo con el más pequeño mamífero conocido. No soy arrogante, creo yo: soy viejo, y también soy argentino. Pero puedo ser jactancioso; después de todo he sido, como usted, Shakespeare, y Sir Francis Drake, y Quevedo… Curiosa identidad la del argentino, ¿no? El ego andante, ¿no?... Espero que esta percepción de la Argentina cambie con el tiempo.

M: ¿Y ha sido una musaraña? Los machos de mi especie poseen el pene de menor tamaño entre los vertebrados: cinco milímetros de pasión…

JLB: No sé, quizá he sido un topo (ríe). Ahora mismo soy un topo. Creo que fui un tigre, alguna vez. Espero haber sido un tigre…

M: Qué opina del comentario más o menos reciente de la escritora mexicana Rosario Castellanos sobre su relato “La intrusa”. En un artículo ella deduce que, dado el tratamiento despectivo o nulo de su parte hacia los personajes femeninos, es usted un machista…

JLB: ¿Rosario Castellanos, dice usted? Pues no sé. A mí llegan y me leen los diarios, muchos diarios y revistas, pero no me habían dicho; quizá por no ofenderme pero, como dicen los mexicanos, según Reyes, ¿quién es esa vieja?

M: Rosario Castellanos es una escritora mexicana muy reconocida.

JLB: Bueno, si así lo pone usted, uno puede opinar lo que quiera… (Borges se dirige a Adolfo Bioy Casares). Dígame, Bioy, ¿sabe algo sobre eso?

ABC: No. Será que porque aquí no llega tanta prensa mexicana…


M: Hablemos de otra cosa, entonces. ¿Qué opinaría usted, don Jorge Luis, si yo le dijera que en el futuro un presidente mexicano se referirá a usted como el escritor José Luis Borgues? ¿Tiene usted idea de la cantidad de críticas que lo que nuestra Redacción llama “la gente progre y bonita” hará sobre esta declaración? De hecho, puede decirse que la crítica a todo el estado cultural de ese sexenio se basará y ejemplificará en el desafortunado comentario.

JLB: Yo escribiría un epigrama, si estoy vivo.

M: Don Jorge Luis, ¿está usted consciente del uso desmedido del verbo “bifurcar” por parte de los demás escritores a partir de usted?

JLB: ¿Consciente? No sé. Si los escritores no saben ni abrir un diccionario de sinónimos no es mi culpa. Debe ser una cuestión de Wahlverwandtschaften,[i]

quizá (Bioy Casares y Borges ríen).

M: ¿Qué opina de la interminable lista de alusiones banales y seudoeruditas sobre usted en el futuro? Muchos hablarán de usted teniendo una muy superficial referencia de su obra… Habrá películas y libros, incluso diarios íntimos dedicados enteramente a usted (Bioy Casares sufre un ataque de tos. Pide agua).

JLB: No es asunto mío. En el futuro ya estaré muerto. No es una conjetura que me interese. En todo caso, por qué tendrían que conocer a profundidad lo que usted llama mi obra (mi pobre obra diría yo, a pesar de la cacofonía). Dudo mucho que se interesen por este viejo dentro de veinte años…

M: Lo harán.

JLB: Entonces podré aspirar a la inmortalidad.

M: Sin duda.

JLB: Entonces seré de nuevo Shakespeare…

M: Y Quevedo…

JLB: Y un topo (ríe).

M: Y una musaraña, con algo de suerte…

JLB: No exageremos…



[i] Wahlverwandtschaften: Borges, además de mostrar su inconmensurable alemán, se refiere a un término difundido a raíz de un libro de Goethe: afinidades electivas; es decir, una suerte de preferencias afines, compartidas, como el uso del verbo “bifurcar”. Nota de la airada Redacción.

sábado, 23 de febrero de 2008

Noche


Fabián Rivera

No tuvo más opción y ejecutó de pie todo el barullo. De nuevo la comezón en la entrepierna. Imagina que no son hongos, imagina que no son hongos. Mentalízate, pensó. Tres tubos de antimicóticos no surtieron efecto. Comprar la crema necesaria a granel no era muy recomendable, según Diodo. Según Diodo. ¿Qué va a saber el tal Diodo con sus trece? Aún lo sorprenden las espinillas. Diodo, observó detenidamente, era un buen pretexto y soltó una carcajada. Se acercó un poco a la pila de ladrillos (sí, la de enfrente) y alzó la pierna derecha, dejando al descubierto sus partes más blandas al colocar su planta sobre ella: la estampa recordaba la manera en la que el Flais alzaba la propia para joder el árbol del vecino. Se rascó con la mayor delicadeza y las costras previas cayeron o bien, se regaron entre la ropa interior, haciendo compañía a otros fragmentos de piel muerta, de difícil textura, establecidos por la poca higiene.

No tenía mucha importancia si después del ardor soltara algunas lágrimas: no aceptaba perderse ese temblorcillo tan especial, producto de la orgía de sus uñas sucias y carcomidas con esa parte de su anatomía: sucedieron algunos minutos de batalla. Detenido y obseso, Diodo jadeaba con la escena.

Qué va a saber con sus trece, pensó. Pobre. Se asusta si todavía lo besan en cualquier cachete. La gran ventaja de estos vecindarios es que terminas por enterarte de la vida de los otros, y esto crea una intimidad muy especial: tanto tú te enteras de que a Fulano le gusta oler ropa interior sucia, como Fulano sabe que, cuando a ti te toca, gimes con un dolo perruno. ¿Qué más puedes pedirle a la vida? Trabajas limpiando las botas de tu hermano, el médico del barrio, robas chucherías para callar las panzas de tu prole y tu vecino fantasea contigo. ¿Qué más puedes pedirle a la vida?

Una vez terminada su tarea, realizada con nocturna frecuencia, dirigió por indicación de la rutina su mirada a Diodo y, según lo acordado, éste huyó la escena para volver al cobijo de su cueva. Son las 0:35. Perfecto. Todo marcha bien. Ni siquiera tocaste el celofán. ¿Qué sigue? Limpiar la silla, platicar un poco con los ganchos y ver hacia las tablas (las que están reclinadas sobre la pared sin repello), poner los ojos en blanco y meditar, planear el sueño, no sin antes continuar con el tercer punto del contrato: abonar una palabra a tu novela, terminarla para un jueves y enviarla antes de la fecha, a ver si tus sueños por fin se animan a dejarte algo de bueno y te sacan de pobre de una vez por todas.

Bitácora del andasolo

Siglos de tinta fantasma

Balam Rodrigo



Creo en mi pueblo
que por quinientos años
ha sido explotado sin descanso.
Creo en sus hijos
concebidos en la lucha y la miseria [...]

Claribel Alegría


A Víctor Manuel y Gabriela, mis padres


1.

Han asaltado a mi padre en Malacatán, Guatemala. Varias mujeres armadas con miedo y un pedazo de metal afilado lo amenazan de muerte, lo injurian y abofetean mientras le arrebatan las mercancías y el dinero.
¡Mexicano ladrón! le gritan agriamente, esperando la aprobación del acto por parte de la muchedumbre que se reúne en torno al remolino, recelosa y colérica.


2.

Cerca de allí una veintena de hombres espera que mi padre les dé el primer motivo de violencia para lincharlo. No obstante la oscuridad y la humillación —escenarios de este infame abuso—, mi padre les deja mansamente y se escurre por las callejuelas hasta alcanzar la principal avenida que se ilumina con una brasa torpe.
Tiene en los bolsillos diez quetzales y el corazón entumecido en estropajos. El alma que le asiste lleva las alas rotas y el pájaro niño que habita sus recuerdos, ha gemido de impotencia.



3.

Son los riesgos de nuestra clandestinidad aprobada por el hambre, de nuestra irrealidad construida por las injusticias de la frontera y padecida por los hombres que vivimos del comercio en las calles.
Mi padre me enseñó este duro pero hermoso oficio: la acrobacia del vendedor ambulante, la venta de las múltiples mercancías de marchante en marchante.
El comercio de sueños entre aquellos que poco tienen para soñar.



4.

Funambulista entre los que nada tienen, mi padre:
Prestidigitador del vacío entre sórdidos suburbios.



5.

Mi padre regresa a la frontera a bordo de un destartalado automóvil cuyo tripulante maneja absorto en la bocaza de la noche. Al alcanzar la otra orilla del Suchiate, recobra los colores, pero también la fiebre de la miseria.
Después de una bocanada de aire aprieta los dientes y los puños. Estás en casa, se dice, pero bien sabe que son hipócritas estas palabras.
En condiciones de miseria nada hay que pueda llamarse hogar, sólo la muerte.



6.

De regreso a Tapachula, mi padre escupe fuera de la ventanilla del autobús y piensa en los caballos que montaba cuando niño dejándose llevar por el olor de aquellos caminos veteranos entre ceibas y cafetales mientras evoca el persistente rechinar del cuero recién curtido y engrasado de las monturas.



7.

En nuestra casa —húmedo y herrumbrado armatoste erguido a orillas de la ciudad— mi madre costura telas baratas de las que salen los vestidos ensoñados por sus clientas, y en cada puntada, en cada zurcido, ella bien sabe que deja un poco de sus días, los segundos desatados de su historia:
Hace todo con amor porque no conoce otro camino.
Sus magníficas obras de telas deambulan cubriendo varios cuerpos en las calles mediocres y su artificio es más conocido en estos barrios que todos los libros que yo frecuento.



8.

Hace unas horas, mi madre se pinchó el índice al bordar un ojal y presintió lo de mi padre, pero ha seguido trabajando hasta agotar los ojos.
De pronto, vuelve a sus cavilaciones y piensa en nosotros que estamos en la gran ciudad, en este nido de perros y ratas que pasamos la vida imitando a los seres humanos.



9.

Mi padre sigue absorto en el autobús y yo no quiero apartarlo de sus visiones, como tampoco a mi madre. Les dejo crecer en estas líneas perdidas donde quizá encuentren la paz que les ha sido negada por el hambre que nos persigue como una maldición desde hace siglos.
Y yo sigo buscando las nuevas palabras, hurgo las páginas de unos cuantos libros y trato de domesticar a la muerte para que nos abrace dócil, tierna, y nos reconozca al final del camino entre silbidos y marañas de bejuco.



10.

En esta página herida en la que escribo sobre mis padres lleno mis ojos con la textura de sus manos mientras las mías pierden su fuerza en el teclado del ordenador en el que vierto estas letras inútiles, estos siglos de tinta fantasma que no pueden forjar un poco de pan para los míos, pero que atestiguan su existencia y su memoria.

Qué otra cosa puedo hacer


Luis Ignacio Helguera: sótano y jardín


Mario Alberto Bautista


Cuando muera tendré sótano y jardín
LIH


A casi cinco años de su desaparición, después de releer los libros de poemas publicados en vida de Luis Ignacio Helguera, quedan la duda y la certeza sobre el destino de su obra. La duda respecto a si el tiempo podrá, de forma póstuma, restituir, de algún modo confirmar, la profundidad de una escritura breve quizá, deliberadamente, descuidada, y la certeza de que, en todo caso, ya no importa: los homenajes póstumos tienen siempre mucho más de sombrío que de jubiloso.
Se ha dicho que el arte es particularmente susceptible de expresarse de una forma “indirecta”, queriendo decir algo que está más allá de la superficie, en ámbitos no exentos de profundidad. En un comentario sobre un cuento de Henry James, “La figura en la alfombra”, dice Borges que el relato es, en esencia, un símbolo de la extensa obra de James: todos los elementos de un tapiz, cada trama, cada tonalidad, son importantes porque juntos hacen la figura. Es una bella metáfora de James acerca de sí mismo, de su propio trabajo.
La referencia acerca del escritor norteamericano, sin embargo, no es aplicable solamente a su obra. Se trata como es sabido de un hecho indisociable de la literatura: ésta “funciona” porque quiere decir algo más de lo que se lee a simple vista. Raymond Carver, por caso, dice en conocido relato: “Tienen que comer y seguir adelante. Comer es algo pequeño y bueno en una época como ésta”. Así podemos entender, en esta simple expresión, “comer es algo pequeño y bueno”, que los actos sencillos, las pequeñas cosas, parecen insignificantes cuando son pensadas de forma aislada, pero que al juntarse, minuto a minuto, pedazo a pedazo, forman, parafraseando a Helguera, el rompecabezas de nuestra vida. Y más, todavía: el rompecabezas, como el propio Helguera ha demostrado, no tiene que revelar una imagen triunfal: también existe el dolor, también existen la derrota y el fracaso; pero, de algún modo, la injusticia es necesaria, fatalmente indispensable, para recordarnos nuestro estado frágil y tangible, nuestro estado vivo, en consecuencia. De ahí que surga la pregunta: ¿es derrotista la escritura de Helguera? ¿Son sus poemas un testimonio del fracaso? Sí, quizá, pero se trata de algo más.
Acostumbrados como estamos a permanecer en un ámbito superficial, que no permite adentrarse en lo que se nos ofrece, tendemos a aceptar sin digerir la figura del perdedor. Los perdedores se convierten en antihéroes, y los antihéroes se convierten en los modelos más aceptables, en los mejores amigos, en los consentidos. La razón parece simple pero acaso no lo sea: tomamos lo que nos recuerda a nosotros mismos, a lo que explícita o secretamente deseamos abrazarnos. Y lo que nos signa es el fracaso. No se trata de las hecatombes de las que tanto gustaba Faulkner. No son “problemas del espíritu”, como el norteamericano advirtió, sino bagatelas, medianías, menudencias: piezas del rompecabezas que se manifiestan para señalar que todo “es ya sólo rutina”. Ésta filiación parece consecuencia de lo que Robert Langbaum sostenía: se reconoce lo que apela a nuestros sentimientos: identificación, empatía, una palabra, un concepto cada vez más en desuso: la comprensión del dolor del otro, la compenetración absoluta con su desventura.
Sí, el trabajo de Luis Ignacio Helguera es impresionante por su aparente sencillez. “Aforística”, “condensada”, “depurada”, su compacta obra, después de desaparecido el autor, sigue, sin embargo, resistiéndose a las clasificaciones, a los encasillamientos. En una reseña reciente de Zugswang, último y póstumo libro de poemas, José María Espinasa hace notar, aunque no se opone e incluso deplora la ausencia de la reunión en un único volumen de los poemas de Helguera, lo contraproducente y hasta absurdo que sería afanarse en querer “fijar”, mediante un criterio académico, el total de la obra poética de Helguera, que por lo demás es escasa: sería ir contra un espíritu que se resistió, como ya se dijo, a ser clasificado más allá de un “raro”, de un escritor “parco”, o “atípico”, o “perezoso”.
Tiene razón Espinasa: la obra de Helguera se resiste, e impedir la “fijación de su escritura” nos corresponde a nosotros, sus lectores, mientras, sin estridencias, sin aspavientos, tal escritura fluye, agónica y serena.

Poemas de Cecilia Romana*

Dos o tres cosas acerca de él


Me limpio la suela en el borde del cantero. Hice
dos cosas inexplicables. La primera: decirle a mi amiga
que se parece al personaje de McCullers ¿Por qué?,
pregunta ella con toda razón. No sé. Por lo alta, quizás,
porque tiene esa manía de estirarse la camisa para
esconder los pezones ¿Por qué?, vuelve a preguntar.
Porque le incomoda ser mujer, supongo. O porque
sabe que los hombres son todos unos cerdos.

Mick ―a ella me refiero―, tiene doce años. Compra
cigarrillos a escondidas. Cuando habla, se aplasta
el flequillo con el puño cerrado. Escribió en un muro:
Edison, Dick Tracy, Mussollini. Después,
en el primer lugar agregó a Mozart ¿Y en qué nos
parecemos?, pregunta mi amiga. Qué sé yo,
en que las dos usan pantalones de tiro bajo.

Desmontamos el puesto. Los libros grandes en el fondo,
los medianos arriba... Qué bien si yo pudiera
catalogar mi amor así de fácil. El sol
se adhiere como una sábana al último piso de la
biblioteca. Él se acerca: remera negra, zapatillas
Lotto. Cargado de hombros, se entiende,
por la edad. O porque sería mucho que
además de buen narrador fuera también atlético.
Él no usa cinturón, salvo en casos extremos.

En realidad son tres cosas, no dos las inexplicables.
Sumémosle a la primera que pisé caca de perro y debería
retroceder en mi aseveración de antes: no todos
los hombres son unos cerdos. Él, de hecho, usa anteojos,
señal de que, en algún sentido, no anduvo por la
calle apedreando a otros muchachos. Apostaría mis
suelas a que es limpio, ordenado y se duerme boca arriba.


***


Una bicicleta para dos escritores

Motor cars, handle bars,
bicycles for two…

Paul McCartney



Avanzo por Rodríguez Peña con mi bolsa de libros.
El vendedor de manteles canturrea: “proteja su mesa”.
Hace dos años, hacía lo mismo en la boca del
subterráneo de Congreso. Cambió de puesto. Estrategia o
como quiera llamársele, hace dos años, tampoco yo era
la misma: iba en bicicleta a visitar a mi hermano.
Trabajaba cerca de casa. Pero ya no. Es encargado de
una librería en el centro. A lo sumo, puede ofrecerme
una rebaja sobre el total de la compra.

Camino apurada. Siempre lo hago, aunque nadie
me persiga. Tarareo: motor cars, handle bars,
bicycles for two
. Todavía sostengo que Paul es superior
al resto. Incluso cuando mi hermano se empeñe: “parece
un mirlo con esos gorjeos”. Es una de las pocas
conjeturas que me acompañan en el tiempo. A pesar
de las pruebas en su contra: no hay canción más
sombría que “Junk”. De la misma forma que no existe
otro escritor ―no existe otro escritor sobre la tierra―, con
quien yo quiera compartir una bicicleta para dos.


***


Litoral


Cuando eras mi padre ―aunque acabaste
no siéndolo: todos los padres tienen que
caer y vos no ibas a convertirte en la
excepción-, yo pensaba que dejarte actuar
no podía ser tan erróneo. Reclinabas el asiento,
tu brazo, con la pericia de un arqueólogo,
atravesaba el mundo de mi remera sin
mangas, decías ―con un diminutivo adelante,
invariablemente―: el tren se lo llevó a los
cuarenta y dos años. Con mi abuela fue igual,
salvo por la línea, claro. Siempre pensé que
iba a morirme a esa edad y ya ves, la fecha
caducó, nadie está dispuesto a ocuparse de mí.

Cuando eras mi padre, yo, que me jacto de una
intrepidez próxima a lo viril, rogaba por
San Bailón, por la Casia, por Tours, que
no se te escapara la palabra “montonero” en
casa. Es un desliz, estoy de acuerdo, no había
forma de que no lo hicieras, y visto desde otra
perspectiva, tampoco tiene sentido, sin
embargo, esa manía de emparentarnos bajo
el múltiplo, de elevar a la potencia segunda
nuestro cuerpo en un auto, en una cama ―y
acabo de decir: “nuestro cuerpo”, como si
fuera uno-, acaso, si hubieras escrito
con aerosol una amenaza en la universidad, o
firmado el bendito decreto para incautar la
biblioteca, ¿no seríamos exactamente lo mismo?

La discrepancia radica en que cuando vos
eras mi padre, no podía tenerte miedo. No
podía, ni siquiera, impedir que mi mano, que
a duras penas me obedece, no tenía forma
de impedir que mi mano, por ejemplo, se
dirigiera por propia voluntad al sitio
de donde proviene el mal de este mundo
que es la generación. Cuarenta y dos años,
dijiste. Y preguntás: ¿vas a quedarte
siempre conmigo? Miro el plato que acaba
de servirte un mozo cualquiera. Pienso:
¿cómo le digo, para que entienda ―digo―,
cómo se lo digo? O sea, ¿cómo le explico el sí?


---
*Poemas del libro inédito Zoología del conejo.

Enseres para sobrevivir en la ciudad, de Vicente Quirarte

Carlos Flores

Hace ya muchos años que leí Enseres para sobrevivir en la ciudad. Dicho libro no es la “Obra” cumbre de Vicente Quirarte. Más bien, es, a mi parecer, uno de tantos libros (dicho sin afán despectivo) de este escritor defeño. Pese a lo anterior, desde la primera lectura me causó un bovarismo desquiciado. Libro ameno, Enseres..., habla de lo que, para bien o para mal, resulta necesario para quien desea sortear con creatividad los ires y venires dentro de la ciudad, pensemos, desde la escritura literaria. Hay, según Quirarte, algunos objetos que son casi fetiches del escritor. Sólo falta recordar que cuando la escritura inunda el blanco de cualquier superfice el lápiz resulta un compañero insuperable, sin olvidar, por supuesto, a la pluma (“fuente” agregaría Quirarte). El cuaderno, la mochila, la gabardina, entre otras cosas, son objetos que conforman las “herramientas” del escritor. Tinta para pluma fuente, paraguas, camisa limpia y bien planchada, cesto de papeles. Hay objetos que nos dicen mucho de quien los posee. Los enumerados arriba, darían cuenta de quién sabe qué especie de torturado animal de letras. Enseres..., es un libro íntimo, de un escritor inundado por una líbido escritural que lo personaliza. Un feliz ejercicio de escritura podría decirce y de Quirarte un hijo sin igual del edonismo. Enseres..., quiero creer, reclama como único requisito al lector compartir ciertas afinidades. Afinidades, por otro lado, que resultan “necesarias”, digamos, del escritor marcado por las temeridades de la vida urbana.

viernes, 21 de diciembre de 2007

Karategi*


Luis Martín G. Franco

“Pensé en venir temprano porque tenía la intención de comer en la cafetería de la facultad.”
“Pero no viniste, qué pasó.”
“Nada, me dormí en el metro.”
“Pero si sos un bruto, viste.”
“Y eso qué”, dijo Ezrá desdeñoso, “ por cierto, me encontré a un viejo amigo mío merodeando por Filosofía.”
“Uuummm”, murmuró con desgano Valdivieso.
“Ya es algo mayor, un sobreviviente del holocausto nazi, un filósofo.”
“¿Y eso te sorprende?”
“Te hablo de mi encuentro con él, no de mi admiración por él... Es un amigo que conocí en Nueva York, en Brooklyn.”
“¿Judio?”
“Sí, supongo, se llama Herman..., Herman..., Broder.”
“Uuummm.”
“Me dijo que tenía años con la idea de venir a esta universidad. Dice que está huyendo de sí mismo.”
“Hoy me comí unos tacos de a pesar.”
“Eres como todos los extranjeros de medio pelo, has visto demasiadas películas mexicanas.”
“Pero, oye, te hablo de Broder. Tuve la sensación de que no quería hablar conmigo, creo que con nadie; de hecho me dijo en un ingles muy germano que ‘I flee, flee, do not want any more, cannot any more’, supongo que es un schopenhaueriano sin remedio.”
“Un qué, sin remedio de qué.”
“Nada.”
“Podrías tomar lecciones de karate, ¿no?”
“Qué..., repite lo que digiste.”
“De k-a-r-a-t-e, me escuchás bien, no seas estúpido, apuráte a contentarme que me queda un pucho de tiempo.”
“¿Pucho?”
“No, p-u-t-a, estás en pedo o qué.”
“Karate no, no he pensado en eso, no.”
“¡Qué macana! Sos un pibe.”
“Maldita argentina, te encanta regodearte en tus chingaderas.”
“Pero te verías tan lindo con un karategi. Yo te enseño”, concluyó Valdivieso.
“Déjame lo pienso, luego te digo.”
Ezrá tembló ante la idea de prácticar el karate. ¿Valdivieso lo estaría diciendo en serio? En ese momento Ezrá se olvidó de la “huída” ¿metafísica? de Broder, de la comida en la cafetería, de los tacos de a pesar de Valdivieso; lo único que pasó por su mente fue la imagen, más bien ridícula, de un treintón ataviado con un karategui blanco; sobre todo, jodidamente blanco.

***
“I flee, flee, do not want any more, cannot any more”, repitió Ezrá.
---
*De Une musique pour Valdivieso, novela.

Hacer nada

A propósito de Borges

Raúl Vázquez Espinosa

Para no diagnosticar de mala gana aquel verso que en boca del doctor Francisco Laprida escribó Borges: “Yo que ahnelé ser otro”, me abstendré de comentario alguno. Más me combiene abjurar de tal diagnóstico mientras pueda huir de sus fronteras. Mis razones tengo para no hablar de los versos borgeanos, sino en otra requerida ocasión; sin soslayar que Borges alguna vez escribió en tinta de Gaspar Camerarius: “Yo, que tantos hombres he sido, no he sido nunca aquel en cuyo amor desfallecía Matilde Urbach.” Palabras más, palabras menos.

La ideología en la obra de arte



Alejandro Aldana Sellschopp

Empezaremos tratando de saber qué es la ideología. Sin extendernos en el intento de definición, diremos que el término fue acuñado por el filósofo Antoine Destutt de Tracy, cuyo significado se orienta a un amplio sistema de conceptos y creencias, muchas veces (pero no necesariamente) de naturaleza política, que defiende un grupo o un individuo. Sin embargo, con el paso del tiempo el significado ha cambiado y el concepto moderno nace con los escritos de Karl Marx, quien apuntaba que las ideologías eran sistemas teóricos erróneos formados por conceptos políticos, sociales y morales; es decir, no lo limita a una esfera puramente política.
Expresado así, es necesario decir que quitarle a la obra de arte su contenido ideológico, es imposible, casi absurdo. Toda obra de arte contiene elementos ideológicos (las ideas del autor, de su tiempo, de su clase). Lo que no se puede afirmar es que la obra sea UNA ideología; el arte forma parte de una superestructura; por ello, tiene relaciones con la ideología, conlleva un contenido ideológico. Se dice que la obra de gran estilo tiene frecuentemente el contenido ideológico más rico, pues representa en una forma sensible una idea del mundo. En el Manifiesto Comunista (1892) se lee en el prefacio de Engles para la edición italiana: “ Dante, último poeta de la edad media, primer poeta del mundo nuevo, expone una concepción teológica (ideológica) ya superada.”
Toda obra se hace con, por un lado, el realismo (“”) y, sobre todo, con lo imaginario; pues bien, este elemento imaginario forma parte del contenido ideológico; cuando una cultura ha desaparecido y con ella su idea del mundo (cósmovision), se recurre muchas de las veces a sus productos artísticos para su conocimiento.
Se debe decir que las obras “puramente” estéticas tuvieron un sentido político muy preciso, por ejemplo: Virgilio o el teatro Isabelino, aquí cabría el estudio del desplazamiento de la relación estética.
José Revueltas hace un análisis muy interesante al respecto, dice que “en primer lugar el arte pertenece a la ideología, y en segundo lugar, porque, consecuentemente, toda obra de arte refleja, en mayor o menor grado, (bien en la forma o bien en el contenido), los rasgos esenciales del contexto histórico dentro del cual fue creada (y esto implica ya, en sí mismo, un existir dentro de la ideología de la época)”.
Querer decir que la obra de arte está exenta de ideología, es como decir que es ahistórica, lo cual es otra aberración.
Por ejemplo una parte de Romeo y Julieta:

Es tan sólo tu nombre mi enemigo,
Tú fueras tú, Montesco o no Montesco.
¿Qué es Montesco?, decid. Ni pie, ni mano,
ni brazo, ni semblante, parte alguna
que al hombre pertenezca. ¡Cambia el nombre!
¿Qué hay en un nombre? La que rosa llamo,
tendrá, bajo otro nombre, dulce aroma:
Romeo, sin llamarse Romeo,
Tendrá la cara perfección que debe
Sin tal dictado. ¡Quita, pues, tu nombre,
Y, a cambio de ese nombre, nada tuyo,
Tómame a mí!


La riqueza ideológica la puede leer hasta un topo, lo que revela el tratamiento de Shakespeare, el artificio creador (donde muchas de las veces está la orientación ideológica), es elevar lo trágico del argumento a un alto nivel ideológico.
Sin embargo, hay lectores que se empeñan en no querer ver la ideología en obras realmente ideológicas, en este momento recuerdo la carta publicada en el Nacional del 11 de junio de 1950, escrita por Antonio Rodríguez en contra del Cuadrante de la Soledad de José Revueltas, algunos fragmentos son realmente estúpidos, dicen así: “Ambos (Sartre y Revueltas) son producto de la misma descomposición social; de la misma podredumbre, de la misma falta de fe en el hombre, que es, al fin y al cabo, la falta de fe en sí mismo. Ambos sirven la misma causa. Los dos son siervos del mismo amo”.
Luego arremete. “De hoy en adelante, el apellido Revueltas no es uno. Silvestre, el músico, es el Revueltas del pueblo, que el pueblo recordará como uno de sus verdaderos defensores y amigos. Pepe, el escritor, es el Revueltas de la parte más corrompida de la sociedad. La odia, pero en el fondo intenta desarmar a los que luchan contra ella”.
Muy probablemente estas sean las líneas más injuriosas y absurdas que se escribieron del gran José Revueltas.
Veamos lo siguiente: Camus apunta: “Así como no hay nihilismo que no termine suponiendo un valor, ni materialismo que, al pensarse a sí mismo, no termine contradiciéndose, así también el arte formal y el arte realista son nociones absurdas”, agrego que tampoco hay arte puro, pues siempre contiene por débil que sea una ideología. Lo “puro” puede carecer de significados, pero le llega su límite, pues si no deja de ser arte. Sigue Camus: “Hasta la geometría pura en que termina a veces la pintura abstracta exige también al mundo exterior su color y sus relaciones de perspectiva. Lo verdaderamente puro es el silencio”. Lo imaginario puro no existe y, aún si existiera no seria arte (significación artística), ya que la primera exigencia es que sea comunicable.

Poemas de En-na Krite

I

Pareciera como si el balcón
fuera toda la vida
gestada por esas personas,
totalmente aparte de la originalidad.

Toda la vida de esas personas ilusas
se desparrama igual que la mierda de las palomas.


II

¿Para qué escribo? ¿Por qué no cambio mi personalidad?
Hay fantasmas, focas, momias, robots, afuera, gente podrida.
Soy la única fruta sin gusanos.
Decir perra o hija de perra es un halago. Yo quisiera fuera
verdad ser hija de perra y gracias a Pasteur no morir de
rabia.


III

Fulano de tal está más dormido
que la calca de la falla
de san Andrés.

Funcionario del epicentro sur,
ha sido huracán del equinoccio
vespertino.

He sido la fe de errata.

Headhunters, de Alberto Vital



Mario Alberto Bautista

En una de sus más recientes reseñas, dedicada en su conjunto a las autobiografías de Günter Grass y Joachim Fest, dice Alberto Vital de ambos escritores: “Un par de discrepancias los alejan: el estilo en la prosa y el ritmo y la ordenación de los hechos según vaya funcionando la memoria”. Con las debidas reservas y ajustes, se puede hacer la misma apreciación de Vital: las dos vertientes de su escritura, la académica y la literaria, discrepan y, en su estilo, parecen más lejanas que próximas. Así lo demuestra Headhunters (El viejo pozo-Instituto de Cultura de Yucatán, 2003), amenísima novela comentada en estas páginas con más retraso que presteza.
No se menosprecia la muy estimable carrera de Vital como estudioso, a la sazón y entre otras cosas, de las figuras de Juan Rulfo y Victoriano Salado Álvarez; se quiere decir, sin embargo, que en la novela que ocupa estas líneas se aprecia con claridad un “estilo distinto”: la mordacidad de la ironía como expresión, solapada, que se funda “en experiencias que son del dominio público y en personas que han ocupado un sitio en la vida de México”. Una narrativa, pues, nada bisoña (como prueba están las tres novelas que anteceden a Headhunters), pero sí de “frases muy densas y muy cargadas de intenciones”.

martes, 18 de diciembre de 2007

El historicismo de Nicol y O'Gorman

William Ibarra


El presente trabajo tiene como propósito el estudio comparativo entre las propuestas historicistas de Eduardo Nicol en el texto La crítica de la razón: Historicismo, de un lado y, de Edmundo O’Gorman y La teoría de la historia en México, por otro.

Para efecto de lo anterior, partiré de las siguientes consideraciones en cada uno de los autores: Con Nicol abordaré su idea de la historia y la definición hecha de ciencias del espíritu; en O’Gorman me centraré en su idea de la historia y la relación hecha por él entre historia y vida.

Nicol parte de los principios filosóficos trazados por Dilthey y ahonda en ellos, primero desde una perspectiva crítica y posteriormente argumentando nuevas consideraciones al pensamiento diltheyniano, robusteciendo así el cuerpo teórico y mostrando a un tiempo la idea de historia que desarrolla a lo largo del texto.

Tomando en cuenta las consideraciones anteriores, Nicol percibe a la historia como un conjunto de realidades humanas espirituales, las cuales a su vez son conscientes de sí mismas. Empero, reconoce que en la teoría diltheyniana no ha habido consideración hacia el ser.

Asimismo, la historia es un proceso integrante de un todo—la totalidad de la actividad humana—, es dinámica y es considerada más que como una sucesión de hechos con sus respectivas interconexiones, como una entidad misma, un ser real y consciente no sólo de sí mismo, sino de una temporalidad que le permite siempre estar en la capacidad de primero conocer, y luego coordinar su existencia.

Dicha temporalidad está vinculada con el presente y para efecto de conocerse parte del principio de historicismo, por el cual explica un hecho a partir de su desarrollo, sus antecedentes, las circunstancias en las que éste se conforma y se inserta en el plano actual, entonces, el pasado sirve de herramienta exploratoria y explicativa del entorno mismo.


“También la historia tiene su mecánica propia. No basta comprobar que la vida es libertad creadora, y que cada situación histórica añade algo nuevo a las anteriores. Hay que explicar de qué manera se articula este proceso”.



Durante el texto, la denominación de ciencias del espíritu corresponde a las llamadas ciencias humanas, y éstas se diferencian de las ciencias naturales, como es sabido, tanto por su método como por su objeto de estudio. Sin embargo, ello no quiere decir que ambas no sean ciencias históricas, o que sólo una de ellas pueda ostentar este título. Si se considera que la historia misma es actividad humana, las ciencias por ser también humanas, son parte integrante de la historia.


“Hay una sola razón, que es la humana; no hay una razón específica de la ciencia natural, y otra razón para la ciencia del espíritu. La distinción entre estas dos ciencias ha de hacerse por el objeto y por el método”.


Más adelante Nicol ahonda en este apartado y sentencia:


“también las ciencias naturales son históricas. Lo son no porque hayan evolucionado en un sentido de progresiva acumulación y perfección del saber, sino porque es histórico el instrumento de que ellas se valen. La razón pura o científica es la razón histórica la misma que produce matemáticas o poesía, jurisprudencia y novela, lógica y psicología. La variedad de sus creaciones y de sus modos históricos no excluye, sino que explica su unidad fundamental. Y esta unidad, a su vez, se explica porque la razón es un constitutivo del ser del hombre”.


Finalmente, respecto a las estructuras sociales históricas, Nicol piensa que dichas estructuras son tan individuales como los sujetos humanos, pero a diferencia de Dilthey, no piensa en la individualidad como elemento constitutivo de la sociedad y la historia, pues ésta está constituida mucho antes que el hombre se forme como individuo, y es partir de la interacción entre ambos elementos cuando pueden hacerse característicos determinado espacio y tiempo histórico.


“… la individualización es un resultado lento de la evolución histórica de la comunidad. El hombre puede acaso manifestarse como unidad elemental ante nuestro análisis abstracto; pero el análisis histórico, que debe ser concreto, nos lo presenta en cada época con caracteres distintos, de mayor o menos individuación, y son estos rasgos precisamente los que permiten caracterizar a la época misma: la relación del hombre con la comunidad determina el tipo de instituciones e incluso el estilo histórico de sus creaciones espirituales”.


En lo referente a Edmundo O’Gorman, su concepción de la historia no es muy diferente de la de Nicol, insiste en que ésta no es un mero encadenamiento de hechos, pero tampoco es ella misma un hecho como tal, y sin duda tendría el carácter de histórico, pero no se limita a ser considerada como un hecho, o la sucesión de éstos. Como Nicol, piensa en que la finalidad de la vida consciente al asimilar su pasado, sirve como guía de acción para el futuro, la cual después de todo puede identificarse como una finalidad didáctica de la historia. Asimismo insiste en la intencionalidad del acontecer como fundamento del carácter histórico y por lo tanto también le dota significación.


“… desde nuestro punto de vista se puede contestar que es el acontecer que lógicamente supone como anterior la operación constitutiva de los hechos históricos propiamente dichos. Si constituir un hecho histórico es dotar de sentido a un acontecer mediante la atribución de una intencionalidad, ese acontecer es lo histórico, el acontecer previo al hecho, y respecto al cual solamente podemos decir que, cuando queda dotado de sentido, es en la forma y manera del ser del hecho histórico”.


En cuanto a la relación entre historia y vida, O’ Gorman resalta la importancia de la historiografía, la búsqueda de la verdad como función de la vida. Para el autor, la relación entre estos dos elementos está dada en la sucesión de hechos y la perspectiva historicista que se aplique para su entendimiento, no dotando a la sucesión como la historia misma, o como un conjunto de hechos que hablan por sí mismo y por el hecho de ser pretéritos son históricos, sino que por medio de la historiografía pueden hacerse inteligibles y servir al hombre.

“Vemos, pues, que el conocimiento historiográfico es la manera de actuar el pasado de la exigencias del presente, es decir, una operación que consiste en poner al pasado al servicio de la vida”.

Posteriormente a la relación entre la vida humana y el uso de la historia como medio de aprender la realidad, el autor aplica el término Vida al propio saber histórico y afirma lo siguiente:


“historia, pues, no es ni la suma de los hechos históricos, ni la sucesión de los mismos, ni ambas cosas. Es algo anterior a todo eso; pero posibilidad de, precisamente, eso. Vida, en suma, que así vive su peculiaridad de ser vida consciente de si misma, pero que, no por eso, sabe lo que sea ese vivir”.

Personalmente, considero que ambos textos resultan complementarios, por una parte Nicol ahonda en las consideraciones del medio y el individuo como medio para entender la actividad humana—la historia dentro de ella--, la razón es propia del hombre y es regidora asimismo de toda su actividad y por tanto la categoría de ciencia del espíritu es correspondiente a la propia historia, los mismo que las ciencias naturales, a pesar de su distinción; por otra parte, O’ Gorman platea la intencionalidad en un hecho y su posterior ejecución partiendo de ésta, como determinante de que un hecho sea histórico, con ello no podrán atribuirse calificativos fuera de lugar o anacrónicos a un hecho, tal como lo demuestra su tesis de la invención de América. Asimismo, también aborda la función didáctica de la historia en la vida y la consideración de ella misma como tal.


Bibliografía


Nicol, Eduardo, La crítica de la razón: Historicismo.

O’Gorman, Edmundo, La teoría de la historia en México.

jueves, 13 de diciembre de 2007

Hacer nada

Raúl Vázquez Espinosa

Hablar de la poesía es caer en el terreno de lo problemático. Es decir, si se me permite la expresión un tanto kitsch, la poesía es indefinible; ya que como dijo W. H. Auden: “Poetry makes nothing happen”. Si la poesía hace que nada suceda, cómo la definimos. Hacer nada es una práctica que no permite una especulación que lleve a buen puerto. La mera enunciación de lo poético como algo que no hace nada es sólo una aporía desquiciante. Que por otro lado, es irrebatible en su formulación. La poesía no es definible o no se puede limitar a los márgenes de una definición.

La poesía únicamente se hace. Por eso no hay definición posible. Más allá de esencialismos poéticos, para entender a la poesía no es menester formular una pregunta que indague sobre su concepto; la cuestión viene dada desde la propia creación poética: es —sin que pretenda definirla— un hacer que se desarrolla en los linderos de la expresión y la forma.

La poesía resulta una inflexión misteriosa: es hacer o un saber hacer nada; nada más (si esto se entiende como una definición, pues, qué bueno). Nada, digo, hacer nada. Ahí es donde el preguntar por la poesía se tuerce en su aviso con la carencia de toda significación.

***

Pero me no me resisto a las definiciones.

Octavio Paz escribió que la poesía es tiempo. Ahora bien, si para algunas teorías físicas de la actualidad el tiempo no es ni cíclico, ni lineal, ni espiral, sino que sólo “es” (Cf. Paul Davis. “La flecha del tiempo”, en: Investigación y ciencia. No. 314. Noviembre 2002), entonces la poesía estaría enfrascada en ese verbo sustantivado. Siguiendo el “concepto” de Octavio Paz, la poesía vendría a significar una “magnitud que mide la duración o separación de las cosas sujetas a cambio” (véase “Tiempo” en Wikipedia). Asimismo, el germano Wolfgang Kaiser en su clásico libro Interpretación y análisis de la obra literaria, dijo que el ritmo poético “está ligado al tiempo como a su horizonte más vasto”; a la sazón, poesía es “la pauta de repetición a intervalos regulares y en ciertas ocasiones irregulares de sonidos fuertes y débiles” (ibídem). La poesía es, veamos… ¿ritmo? ¿Hacer ritmo?

Poemas de Edgar Lee Masters

Antología de Spoon River



Tom Merritt


Al principio sospeché algo…
ella actuó tranquila y distraída.
Y un día oí en la puerta de atrás un portazo
cuando yo entraba por la puerta del frente.
Lo vi deslizarse
detrás del lugar donde se ahúma
hacia el lote para encontrar
el campo abierto.
Y pensé en matarlo a primera vista,
pero ese día, andando cerca del Cuarto Puente,
sin un palo o una piedra al alcance de la mano,
de repente yo lo vi estar de pie,
asustando a la muerte, sosteniendo sus conejos,
y todo lo que pude decir fue, “no lo haga, no lo haga, no lo haga,”
pero él apuntó y disparó a mi corazón.



***


Sra. Merritt

Silenciosa ante el jurado,
no devolviendo ninguna palabra al juez
cuando él me preguntó si yo no tenía
algo para decir en contra de la sentencia,
negué sacudiendo la cabeza.
¿Qué podría yo decir a la gente
que pensó que una mujer de treinta y cinco años
tenía la culpa de que su amante de diecinueve matará a su marido?
Incluso aunque ella le hubiera dicho una y otra vez,
“Márchese, Elmer, váyase lejos,
he trastornado su cerebro con el regalo de mi cuerpo:
usted hará alguna cosa terrible.”
Y tal como temí, él mató a mi marido;
con lo cual yo no tuve nada que ver, ¡ante de Dios!
¡Silenciosa durante treinta años en prisión!
Y las puertas de hierro de Joliet
se balancearon para los grises y silenciosos carceleros
que me sacaron en un ataúd.


***



Elmer Karr

Sólo el amor de Dios pudo ablandar y hacer misericordiosa
a la gente de Río de Cuchara (Spoon River)
hacia mí que ofendí la cama de Thomas Merritt y lo asesiné.
¡Ah, corazones que me recogieron otra vez
cuando volví de catorce años en la prisión!
¡Ah, las manos que en la iglesia me recibieron,
y oyó con lágrimas mi confesión penitente,
que tomó el sacramento del pan y el vino!
Arrepiéntase, vosotros los que viven, y descansen con Jesús.



Versión: Raúl Vázquez Espinosa

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«¿Por qué se le sentencia a la Señora de Merritt a treinta años de prisión cuando a su amante quien no sólo “ofendió” la cama de Thomas Merritt, sino que lo asesinó también― sólo le dan catorce?»

«Spoon River es, en fin, un microcosmos que congela la historia de una país en un instante. Atina o, más bien, pone el dedo en la llaga de Estados Unidos. Lo descubre, lo revela es su esplendor y en su oscuridad; en su grandeza y en su tragedia.»

Sandro Cohen (“Prólogo” contenido en Antología de la Antología de Spoon River. Material de Lectura. UNAM. México. S/F.)

Uno de Coetzee


Servando Becerra

No sé qué decir. No tengo palabras. Tal vez un monosílabo, un…, no sé…, chiste… Pero no es el lugar, no el espacio; pienso, mejor hablaré de un libro que todavía no termino de leer, pero que me tiene atrapado, mezquinamente por cierto. Si algo me importa poco son las lecturas, los autores, los libros, los muchos libros. No son más que ideas de otros, que normalmente ni siquiera hago mías (Schopenhauer asiente con su voluntariosa testa). Coetzee es un escritor al que uno se acerca sin buscar atajos. Sus libros no son narrativas de fingida erudición histórica, ni sesudos vericuetos rococó, ni, qué diré, una escritura que resulte un viaje al furor de la literatura. Ahora bien, ya en materia, habría que decir que el libro Contra la censura (último de ensayos de Coetzee), no es una joya del pensamiento crítico, no; más bien es una especie de gozne. La cesura, ese mal de todos los tiempos, piedra de toque, marco de referencia ético de muchos titerillos de la democracia. Coetzee escribió este libro en una reacción contra el silenciamiento. Acto, por otro lado, muy socorrido por los amos del mundo. Silenciar. La censura “es un fenómeno que pertenece a la vida pública” escribe el autor. Ni qué decir. Léanlo. Presumo lo harán o ya lo hicieron. Disfruten de un tope contra los propios silencios, los siempre presentes silencios. Y si no, no creo que importe mucho, al fin de cuenta siempre callamos.